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De vez en cuando había que ir a la mesa del jefe. Siempre me corregía cosas, decía que le diera una vuelta. Yo obedecía y ponía algo de color rosa, que le gustaba mucho. Aprendí un montón y, comparado con las fábricas, o los trabajos de mozo de almacén, todo me parecía más amable. Me molestaba lo de las horas extras. En la fábrica, cuando sonaba el timbre, dejabas lo que estuvieras haciendo y te ibas. “Vaya país de gitanos”, decía el infame.
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