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Hola, ¿cómo vamos?

Hoy vengo con épica laboral y zumo de plátano.

Copiar no es robar

Hace (muchos) años, trabajé en una agencia de comunicación. Teníamos un jefe malvado y hacíamos un montón de horas extras que no cobrábamos.

Nos ponía una reunión el lunes y luego nos dejaba a nuestro aire. Recuerdo estar tumbado en el suelo “pensando” o viendo Los Simpsons en un proyector. Me lo pasaba muy bien e hice amigos. Mi ordenador estaba en una esquina y nadie veía lo que hacía.

De vez en cuando había que ir a la mesa del jefe. Siempre me corregía cosas, decía que le diera una vuelta. Yo obedecía y ponía algo de color rosa, que le gustaba mucho.

Aprendí un montón y, comparado con las fábricas, o los trabajos de mozo de almacén, todo me parecía más amable. Me molestaba lo de las horas extras. En la fábrica, cuando sonaba el timbre, dejabas lo que estuvieras haciendo y te ibas.

“Vaya país de gitanos”, decía el infame.

Un día nos enteramos de que nos iba a despedir, su negocio funcionaba así y ya nos tocaba a nosotros. Uno de mis compañeros decidió que saldría a su hora. “¿Dónde vas, Marcelo?”. “Yo también me voy”. Al rato, salieron el resto de compañeros y nos reunimos en la plaza. Fue un momento mágico.

A la mañana siguiente, teníamos un mail del maligno. A partir de ese día, saldríamos a la hora del contrato. Lo celebramos como una victoria.

La cosa acabó fatal. Al acto de conciliación fui acompañado de un abogado de CGT Artes Gráficas, que no me cobró nada y fue muy amable. “Esto está ganado, chaval”. El felón me dio la mano, nos pagó una indemnización pero no las horas extras.

A veces nos daba pena, vaya unos blandengues. Hicimos un viaje juntos a Barcelona, y perdimos un vuelo por culpa de Quique. Pero esa es otra historia.

Cómo hacer jugo de plátano.

Rubén H. Bermúdez
Dehesa de la Villa
Madrid
España

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